El Toro de la Vega


Hoy se celebra en Tordesillas (Valladolid) el famoso Toro de la Vega, dentro de las Fiestas de Nuestra Señora de la Peña. El festejo consiste en realizar un encierro, con un único toro, partiendo de las calles del pueblo, cruzando el puente sobre el Duero hasta conducirle a la vega, donde da comienzo el torneo. La finalidad de dicho torneo es dar la muerte al toro por parte de los mozos contendientes con una lanza -bien a pie, bien montados a caballo-, antes de que el astado salga de unos límites establecidos que le asegurarían el indulto.

Durante las últimas décadas, y especialmente en los últimos años, la polémica se ha visto acrecentada en torno a este festejo taurino; ya que los defensores del evento -principalmente tordesillanos y amantes del mundo taurino- se ven acosados por los antitaurinos y partidos políticos en defensa de los animales, que protestan más o menos enérgicamente en pro de la defensa de la vida animal.

El meollo central de la cuestión es el sufrimiento del animal y el estrés y el maltrato que sufre hasta ser llevado a su muerte -en el caso de producirse-. Leyendo a veterinarios, afirman que el sufrimiento que el animal sufre es grande. Desde mi simple -y compleja- condición humana, he de decir que la muerte siempre conlleva un fin de la vida y que producida -la muerte- de este modo artificial, desproporcionada, violenta, no puede ser sino nada menos que traumática.

Sin embargo, sí me atrevo a expresarme sobre la necesidad y la conveniencia de esta muerte. ¿Cuáles son los motivos que llevan a este ritual taurino? Fundamentalmente tres: la defensa de la tradición popular, la defensa del arte de la tauromaquia, y la diversión y el disfrute humano.

A). Soy el primero que ama las tradiciones, y más aún las de mi tierra castellana; pero esta defensa de las tradiciones, que son las que dan identidad, cultura y autoestima al pueblo, debe ir de la mano con la reflexión del sentido de las mismas. No debemos caer en la defensa a ultranza de las tradiciones únicamente por ser eso, tradiciones. Ni se debe ver en los que dudan o protestan de las mismas, como enemigos acérrimos de la cultura popular, ni del terruño. (Sobre esto hablaré más adelante). Estoy absolutamente convencido de que los defensores de la vida animal no quieren abolir, ni destruir la rica historia de Tordesillas, ni sus festejos, ni sus tradiciones. Un ejemplo de la evolución de las tradiciones en este sentido, se produjo en el zamorano Manganeses de la Polvorosa, donde hasta 2002 se tiraba una cabra del campanario parroquial por las fiesta de San Vicente, ese año se prohibió (no sin la protesta popular).

B). Sobre la defensa del arte de la tauromaquia, he de reconocer que la tauromaquia es un arte. Un arte con unos componentes históricos, estéticos e identitarios muy grandes. En la tauromaquia se reconoce a una España añeja, cañí (como titula uno de los pasodobles) y para algunos, una España fetén, de pura raza. Un arte con una intrahistoria muy interesante y bien entrelazada con lo que significa lo masculino y lo femenino y el baile/lucha entre el hombre y el animal. No es mi intención dudar de la riqueza de la tauromaquia y lo que significa para España, ni siquiera dudar de que sea un arte. Sin embargo, he de decir que no porque sea arte, su fin último esté legitimado.

C). Y por último, queda la diversión y el disfrute humano como motivos para que los festejos taurinos (no solo el Toro de la Vega) sigan llevándose adelante. Indudablemente la adrenalina que supone la lucha de tú a tú con un animal capaz de matar, y el “juego” con el peligro y la muerte desempeña un papel muy importante en el festejo. Quizás no haya ningún otro divertimento en el que cualquiera pueda enfrentarse a la muerte cara a cara de esta manera. Es un reclamo a la liberación de adrenalina humana, como lo son los deportes de riesgo, o las atracciones de feria; pero en ellos no entra en juego la vida de un animal.

Como resumen a estos tres puntos, concluyo que la muerte del animal es absolutamente prescindible, como lo es el trance previo a la misma y como es el divertimiento que provoca el evento en sí. Y esto, aunque vaya en detrimento de la tradición, del arte de la tauromaquia y del disfrute humano; no vale lo suficiente como para seguir manteniendo este festejo a cualquier costa. No es necesario matar a un animal de esa manera (no es con un disparo en la frente, precisamente) para continuar con una tradición, ni para perder la riqueza de la tauromaquia, ni para seguir divirtiéndose.

Y además, pero no por ello debemos sentirnos con el poder de jugar con la vida; o mejor dicho, con la muerte animal, porque tengamos la potestad para hacerlo. Pues no solo tenemos poder para acabar de forma cruel con la vida -los nazis fueron muy creativos al respecto-, sino también estamos dotados de corazón y cabeza para ser lo más justos posibles tanto con el mundo animal, como con la Tierra en la que habitamos. pero esto ya es otro problema. El mozo lancero que porta el rabo del toro como trofeo y que es aclamado popularmente, representa fielmente ese triunfo y dominio del “poderío” humano sobre la naturaleza. Tan abominable es la muerte cruel, como el pavoneo del mozo, como el clamor popular que ensalza la hombría que ha hecho.

Sin embargo, creo que en esta problemática, tan polemizada y amplificada (interesadamente porque interesa, porque vende) por los medios de comunicación, merece la pena esforzarse por contemplar el problema desde una perspectiva mesurada. Por un lado, porque el empleo de la violencia, de los exabruptos, deslegitima los argumentos de quien los utiliza. Y desde un punto de vista más global, porque es necesario ponderar la vida humana y la vida animal.

La vida de un animal, no es más válida que la de una persona. Por supuesto que la vida de “Rompesuelas” no vale más que la de cualquier ser humano. Por supuesto que la defensa de las vidas animales no vale más que la defensa por las vidas humanas. Pero sin embargo, al igual que se defiende, trabaja y protesta por las injusticias que sufren tantos miles de personas, no se debe cejar en defender también la vida animal. No porque una causa mayor siga abierta, se debe renunciar a defender esta causa, que es igual de lícita.

La sensibilidad para sentir el sufrimiento animal no es don que posean todas las personas. Y ese sentimiento tan visceral, quizás haya llevado a protestar de forma incorrecta y violenta a los antitaurinos a lo largo de las últimas décadas. No creo que esa sea la forma correcta de defender el derecho a la vida animal. Y por el contrario, el aferrarse a la tradición del “se ha hecho así toda la vida” ante los ataques de los antitaurinos, tampoco es la mejor forma de defenderse.

Vuelvo al tema de la perspectiva: es muy difícil que un alcalde de Tordesillas, sea del signo político que sea, logre suprimir esta fiesta, porque será difícil que carezca de la perspectiva necesaria para afrontar este problema y nunca se va a poner en contra de la mayoría del pueblo. Debe ser a nivel autonómico, o mejor nacional (pues el de Tordesillas no es el único caso de maltrato animal de España), donde se establezca el debate necesario para que se ajusten las leyes tanto al derecho de la vida animal, como al derecho a mantener la tradición y a no perder la esencia del festejo. Mientras el Toro de la Vega sea legal, los tordesillanos estarán en su derecho de defenderlo. Aunque, que sea legal, no quiere decir que sea mínimamente racional, ni ético lo que se hace con el animal.

Espero que 2015 haya sido el último año en que se haya “celebrado” el Toro de la Vega.