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Últimamente he recibido muchos regalos. Y ¿a quién no le hace ilusión recibir regalos? Aún aunque sean regalos innecesarios, y la mayoría lo son, es muy grato recibir regalos. ¿Y qué me decís de la ilusión que hace regalar algo a alguien que sábes que le vas a alegrar? Aunque sea sólo por el hecho de que te acuerdas de esa persona. La verdad es que es una verdadera alegría regalar y recibir regalos, quizás porque sean pequeñas dosis de amor tangible. Ese amor que a veces necesitamos transmitir y comunicar como la vida que nos corre por dentro; y también ese amor que también nos viene bien recibir de vez en cuando, al igual que una caricia o un beso. Pues eso.
El caso es que regalos haberlos “haylos” y de muchos tipos. Les hay que se pueden comer, leer, ver, disfrutar, vestir y vivir. Les hay para cada persona y para cada situación. Les hay caros, baratos e incalculables. Les hay por compromiso y por necesidad. Les hay esperados e inesperados. Y al final, la experiencia me dice que los más bonitos son los que te hacen felices a más largo plazo.
Y hay pocas experiencias tan bonitas como la de recibir un regalo por sorpresa, sin esperarlo. Un regalo sin compromiso. ¿Qué hay más bonito que tener algo o vivir una experiencia que no esperabas antes?
Este fin de semana ha sido un verdadero regalo para mí. Todo un regalo de Dios. Para los que no crean en Dios, dirán que me lo he buscado yo, que yo me lo he planeado, que gracias a mis amigos me lo he pasado bien, que nadie discute que el paisaje verde de Cantabria y una bonita playa es eso, bonito, que a buen tiempo, buena cara… Y también tendrán razón, porque simplemente era eso.
Pero para mí es algo más. Es todo un regalazo. Sabía a dónde iba y sin embargo lo que he recibido no me lo esperaba. Todo ha calado más hondo en mí. Ha sido un soplo de aire con aroma a eucalipto y brisa todo ello aliñado con una buena dosis de hermandad y cariño.

Playita de Cantabria (12.07.08)
Ahora sólo me queda decir una cosa. Gracias.
Esta oda a tan bella y “vella” ciudad, no podrá reflejar nunca lo que que se puede vivir y sentir en ella, pero puede ser un buen aperitivo para quien la vaya a visitar. Podéis ver una presentación de fotos en la página de presentaciones.
Eres cuna de hombres insignes; pero sobre todo eres cuna del alma de Santiago, un humilde pescador de una tierra muy, muy lejana. Su espíritu, te ha impregnado a lo largo de los siglos, y te ha dado en gran parte lo que tienes, entre otros menesteres, tu nombre.
Aunque seas meta de tan insigne peregrinación, eres punto de partida. Punto de partida desde la conversión lenta y trabajada de quienes llegan hasta tí, conviertes a quien recorre tus ruas, prazas, ruelas y travesas. Eres germen de conversión hacia otros mundos y otros objetivos.
Por eso te das y te has dado año a año, siglo a siglo; persona tras persona, comunidad tras comunidad; de tal forma que en tí no hay arista posible. Eres una ciudad que se desgasta: tus pavimentos, tus esquinas, las columnas de tu catedral. Todas están desgastadas, roídas por una erosión humana.
Das a quien llega tu hospitalidad, ayudada por las amables y maleables gentes que te habitan; tienes la llave que abre el corazón de los hombres, y turiferas con tu agradable incienso a quien se quiera dejar purificar.
Además eres una ciudad silenciosa, por mucho que la gente quiera transformarte. Eres una ciudad espiritual, aunque quieran hacer de tí un puesto de mercaderes. Eres una ciudad de sabiduría, aunque se creen distracciones para quienes quieran saber.
Eres una ciudad de recovecos, momentos íntimos, de dejarse calar por las aguas, de escuchar el agua que corre por tus numerosas fuentes; una ciudad de lenguajes no verbales, de iconografías esculpidas, de verdores entre grises, de líquenes fortalecedores, de manjares reparadores y de caldos excelentes…
Santiago… eres mucho más que un abrazo y una Compostela.
Como decían los Celtas Cortos “Haz turismo invadiendo un país” (aunque no quiero coger el sentido estadounidense de la canción). No; hablamos del turismo de a pie, del turismo de masas, del turismo que todos hemos hecho y hacemos. Como sabéis, he estado trabajando como informador turístico; sin embargo lo que voy a escribir, lo hago desde mi propia experiencia como turista. Y sobre todo lo hago desde mi experiencia como turista de masas.
De lo que quiero hablar es de lo siguiente. ¿Qué nos mueve a gastar dinero, tiempo y fuerza? ¿Cuales son nuestras verdaderas motivaciones a la hora de decidirnos a visitar otros lugares? Digo lo de verdaderas porque a veces, detrás de la simple respuesta de “quiero conocer la cultura de tal país” está la verdadera motivación de “al volver quiero fardar diciendo que he estado en tal país, así se supone que tengo tal cantidad de dinero y tal prestigio y admiración popular”. Entendeis por dónde voy, ¿no?
Porque podríamos hablar al hilo de lo anterior, de cómo a pesar de que los precios hayan subido una barbaridad y en general la vida, que a la gente le cuesta cada vez más llegar a fin de mes, que cada vez hay más hipotecas y créditos (y los anuncios así lo atestiguan), la gente sigue gastando o invirtiendo en hacer viajes (cada vez más estrafalarios). Pero no quiero ir por ahí.
De lo que quiero hablar es de que cuando quieras organizarte un viaje, pienses bien qué es lo que de verdad te va a llenar, te va a merecer la pena. Y lo digo porque (y a mí me ha pasado) que dices: “ya que estoy aquí, tengo que visitar tal, tal y cual monumentos y estar aquí y ….” Y luego pasa lo que pasa. He llegado a la siguiente conclusión: los monumentos (cosas a visitar) son como las gominolas, que te pueden gustar mucho o puedes acabar empachado y aborreciéndolo. Así pues, creo que lo verdaderamente importante es disfrutar de cada una de ellas. De hecho he descubierto otra cosa, que puedes disfrutar más de la gominola antes y después que mientras la tienes en la boca. Ejemplo: estoy seguro de que al ver el lienzo de la Monna Lisa (la Gioconda), no vas a poder disfrutarlo en octava fila, de pie en puntillas, esquivando con la vista las cámaras de un grupo de 17 japoneses, con un grupo de escolares a tu izquierda, 29 personas-autómatas deambulando por la sala con sus audioguías mirando quién sabe dónde y un foco que siempre está puesto en mal sitio y no puedes ver la parte derecha del cuadro. A eso me refiero. ¿Verdad Alberto?
Como decía con lo de las gominolas. Hay que guardar un fino equilibrio entre cuerpo y deseo. Platón decía que el cuerpo era la cárcel del alma, que era lo que ataba al alma a este mundo terrenal. Por ahí voy. Tengo claro que cada gominola tiene su momento, dependiendo de tu estado de ánimo, de su sabor, del esfuerzo que haya que hacer para degustarla… Otro ejemplo: los Museos Capitolinos. Son una serie de edificios situados en la Piazza del Campidoglio (una de las colinas de Roma), en los que se recopilan (a veces se amontonan) y se exponen numerosas piezas, generalmente escultóricas, sobre la civilización romana. Pues bien, si uno previamente ha estudiado un poquito los períodos de Roma, estilos artísticos, etc, podrá degustar mejor esa gominola; de otra manera, sólo podrá deambular por sus infinitas salas, y pisos quedándose con la belleza o no de sus piezas (como fue mi caso). Ahora que lo que sí acerté fue visitarlo a última hora de la tarde, ya que en la cafetería hay una magnífica terraza desde la cual puedes contemplar el crepúsculo del astro rey sobre las clásicas cúpulas de Roma. Una experiencia para compartir.
Iré terminando. El cuerpo (como unidad) te pide mucho, es quien te puede dar alas o hacerte sentir la persona más cansada del mundo, es él quien te va a dictar tus anhelos y tus limitaciones. Escúchale a cada momento, dentro de lo que cabe, da rienda libre a tus pretensiones y anhelos. Sueña un poco allá donde estés, estás lejos de tu hábitat, te puedes permitir el lujo de dejar tus prisas habituales, de ver y subir en sitios donde sólo allí y en tus sueños puedes hacerlo, de darle a tu corazón alguna alegría y recuerda lo de la gominola: el placer de comerla puede estar antes, durante y después. Ojalá lo encuentres en las tres.




Últimos reflejos ajenos