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En un país muy, muy lejano, donde las crónicas escritas por los antiguos escribas hablaban de una vieja y rica ciudad, donde vivían cientos y cientos de personas.
Las personas vivían afanadas en su día a día, entregándose a sus quehaceres cotidianos. Gentes muy laboriosas y trabajadoras, cuales hormigas llevando el fruto de su trabajo a su pequeña celdilla. Personas respetables y admirables, la mayoría de ellas, que nunca habían hecho nada malo. Todo en su vida era trabajar y vivir…
Día tras día, como cuentan las crónicas, la niebla se fue haciendo más y más espesa. Al principio fue una ligera bruma matinal, posteriormente se fueron formando bancos de niebla y los últimos días se trataba ya de una densa niebla que no dejaba ver el sol. Esta niebla era casi irrespirable, calaba todo aquello que tocaba, se metía hasta los huesos de las personas, y prácticamente todo el trascurso del día estaba dominado por una tiniebla permanente, de hecho se decidió encender antorchas y lucernarios en las calles.
Poco a poco y con el transcurso de los meses, los habitantes de aquella ciudad, se abrigaban cada día más y más, de hecho en las tiendas se acabaron los suministros de abrigos y pieles. También cuentan los anales, que tuvieron que talarse decenas y decenas de pinos y robles de los alrededores de la ciudad para dar el calor que necesitaban sus gentes. Todo para que la actividad afanosa no se viera interrumpida y la normalidad reinara en la villa.
Un día, un leñador se dirigió como cada día a hacer su trabajo en los bosques de las afueras de la ciudad, y asombrado por la claridad que veía al fondo del bosque, se dirigió hacia allí. Salió a un páramo donde brillaba el sol, como casi no recordaba. Entonces se empezó a preguntar el porqué de la niebla que cubría la ciudad.
Sin embargo, no podía guardarse el secreto para sí mismo, y lo empezó a compartir. Primero con su familia, luego con sus amigos; de esta manera, la gente se escapaba de sus obligaciones cotidianas para dirigirse a ese nuevo paraíso que había encontrado el leñador.
Entonces al leñador, viendo como cada día se encontraba con más gente en el bosque, se le ocurrió un idea. Pensó en hacer un día una excursión al otro lado del bosque. Una excursión a la que convocaría al mayor número de gente posible, para que todos disfrutaran y descubrieran ese gran hallazgo. Por eso empezó contándoselo a su familia y amigos…, como había hecho anteriormente.
El día llegó. Riadas y riadas de gente cruzaron el bosque para encontrarse en el Paraíso, como ya se conocía el lugar. Allí, se celebró una gran fiesta con comida y bebida para todos. La gente recordó como era la ciudad antes de la temible niebla, incluso recordaron como eran ellos antes. Recordaron su pasado, y se acordaron de como anteriormente, todas las noches, en las cabañas, en torno a la hoguera, se daban las gracias por los favores que se habían hecho, se felicitaban por lo bueno que les había sucedido. Incluso cada uno de ellos se congratulaba por tener tal o cual habilidad.
La fiesta fue todo un éxito, alegría, jolgorio y algarabío. Entonces, al atardecer, el leñador pensó en hacer una gran hoguera donde cada familia tuviera su lugar y hacer como en los antiguos tiempos. Entonces y después de sus recuerdos y agradecimientos, decidieron volver a su ciudad, pero con el compromiso de recuperar esa vieja tradición comunitaria.
Al día siguiente, la ciudad despertó radiante, no sólo en el corazón de los habitantes, sino también por el gran sol que se podía ver en el cielo azul. Y al atardecer, las hogueras lanzaron al cielo millones de chispas incandescentes.




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