Etiquetas

, , , ,

Había una vez en una tierra muy cercana….

… un hombre pacífico, aplicado, bonachón, amable y trabajador. Trabajaba en el campo, arando, sembrando, cosechando… de sol a sol. Vivía con su mujer en una casa de adobe, en una de las callecitas que formaban su pueblo.

Le recuerdo aún en el bar, en aquellas viejas mesas de madera. Sentado en su silla, -pues siempre lo hacía en la misma-, reclinado hacia adelante, con un vaso de clarete en su mano derecha. ¡Cuántas horas echamos allí!

Nos conocimos casualmente, pues yo iba en bicicleta a mucha velocidad por uno de los caminos latifundistas que parten como rayos del poblado; y de repente al llegar a los apriscos, se me cruzó otra bicliceta veloz. Los dos caimos al suelo. Rozaduras y hematomas poblaban nuestras extremidades.

- “Perdóneme iba muy rápido y ni siquiera le vi antes de llegar al cruce”. Me espetó sin darme casi tiempo a pronunciar alguna palabra.

- “No… si yo…” “Yo también iba bastante rápido y no tomé la precaución de mirar” “Es culpa mía” Respondí escuetamente.

Y allí comenzó, de forma mágica nuestra relación. Luego llegaron las partidas en el bar, las invitaciones a comer a su casa, o en la mía, o las escapadas al monte, o la pesca en el río… sin querer nos teníamos un gran aprecio mutuo y nuestra relación se basaba en la confianza.

Me fascinaba su forma de vivir en la naturaleza, como una criatura más, sin sentirse superior a ninguna otra especie, como sabiéndose bailarín en un ballet programado y ensayado. Sabía hasta donde podía contar con su terruño, qué le podía pedir y qué le podía dar el campo de trigo, o el de maíz, o su pequeña parcela de huerta al lado de la acequia.

En su mirada profunda observaba algo que no atisbaba a saber qué era. Había algo en aquel hombre que no me terminaba de gustar. Algo que parecía tener dentro, muy adentro. Inicié entonces una cruzada personal por intentar acceder a eso que me intrigaba.

Intenté suavemente y hasta donde él me dejara, indagar sobre su persona. Tras unas semanas de labor estudiada y diplomática, llegué a una conclusión muy clara: le podía pedir opinión, o qué pensaba sobre tal o cual tema, incluso qué pensaba sobre su vecina o del cura, pero nunca, nunca, me explicaba sus sentimientos.

Su persona era como un castillo medieval, fuertes pero bonitos muros de piedra, que servían para llevar a cabo su misión: proteger lo que se hallaba en su interior.

Me preguntaba que habría en el corazón de aquél hombre. Me preguntaba porqué querría ocultarlo, ¿era consciente de lo que hacía, o era algo totalmente involuntario?. ¿Como se había acostumbrado a vivir como si fuera un castillo?

Paseando un día por la ribera, creí oir una voz. Una voz de auxilio. Corrí lo que mis piernas me daban de sí hacia la voz.  Ví lo que pasaba a lo lejos. Un hombre luchaba en medio del río por hacerse con la orilla, pero un remolino se lo impedía. Aquello tenía muy mala pinta.

Era él. Agarré una rama larga y pesada desde la orilla y se la tendí como pude. Consiguió asirse dificultosamente a ella. Tiré de él. 20 minutos angustiosos donde se resbaló varias veces, pero al final conseguí poner a salvo su cuerpo.

Me tiré al suelo. Entre la hojarasca y el barro allí yacía. Le hablé. Le grité. Me pegué a su pecho y entonces me abrazó. Consiguió aclararse la voz y me dijo:

- “Nadie ha hecho tantas cosas buenas por mí. Solo tú, has sido capaz de escucharme, ni siquiera mi mujer es capaz de escucharme. Sólo tú me haces sentirme un hombre íntegro, importante, valioso. Perdóname por no haber confiado en tí lo suficiente”.

Lloramos mucho, como dos niños miedosos. Nos volvimos a abrazar, empapados. Volvimos hasta el pueblo.

Llegaron entonces los meses de invierno, donde a la lumbre de tocones de nogal de mi chimenea, sus muros se derribaron a golpe de palabra y de lágrima.

Descubrí que su ex-fortaleza guardaba un gran tesoro y que en parte había hecho bien en protegerlo de la intemperie y de cualquier señor feudal que hiciera con él lo que le viniera en gana. Ramón tenía un gran corazón. De joven amó con todas sus fuerzas, entregó su corazón a varias mujeres hasta que al final se casó con Manuela. Entregó su corazón cuando fue alcalde del pueblo, gobernando con gran ilusión y viendo cómo muchos proyectos eran en vano. Entrega su corazón en cada cosecha y más de un año las heladas, las lluvias a destiempo o la sequía, le dejaban con el granero vacío.

El corazón de Ramón tenía muchas heridas, quizás más de las que otra persona pudiera soportar. Conocer la vida de Ramón, me invitó a abrir mi fortaleza y él me ayudó, como nunca pude haber imaginado, a diluir no sólo sus muros, también los míos, duros y pétreos como la roca.

Los dos descubrimos que ambos teníamos miedo, mucho miedo, a volver a dejar al aire libre el corazón para que fuera herido, pisoteado, aplastado o apuñalado. Los dos descubrimos que habíamos ido construyendo nuestro castillo como defensa de esos corazones heridos.

Sin embargo, también habíamos descubierto que nos habíamos acomodado en nuestros castillos, que se estaba muy bien con nuestra chimenea, nuestros arcones llenos de triunfos (que contemplábamos de vez en cuando), nuestros sirvientes y nuestro círculo de amistades. Nos habíamos hecho fuertes en nosotros mismos, creyendo que todo lo que nos hacía feliz se encontraba dentro de nuestro castillo; o mejor dicho, que no necesitabamos abrir ese castillo para ser felices. Nos habíamos autoconvencido de que lo mejor que podíamos hacer es no abrir nunca, cual caja de Pandora, ese castillo, que “ya habíamos sufrido bastante”.

Nuestro castillo nos hizo caer en la rutina, Ramón se entregó en cuerpo y alma a horas y horas de trabajo sacrificado sembrando la maíz, o sacando remolachas con su ajado sombrero de paja; y yo a mi trabajo de escritor con mi bloc de notas, mi Moleskine, y mi ordenador portátil. Ambos habíamos renunciado a soñar con algo que se escapara de nuestras posibilidades; a soñar con algo ajeno a lo palpable de nuestra rutina. Entrega a nuestros quehaceres en cuerpo y alma, ése era el precio que habíamos pagado por edificar nuestro castillo. Y no había nada malo en ello, era lo más lógico que podíamos hacer. Habíamos encontrado una felicidad a nuestra propia medida.

Nuestras vidas continuaron como hasta entonces. Seguimos viéndonos en la cantina, yo seguía escribiendo con mi letra cuidada; y él, absorto en sus hortalizas y cereales, siendo un buen marido y un buen ciudadano, como siempre lo había sido.

Muchos años después, caminamos con nuestras cachavas por la ribera y tras algún que otro esfuerzo, accedimos al lugar que nos enseñó una de las lecciones más importantes de nuestras vidas.

Había surgido en el mismo lugar un gran chopo blanco, que destacaba por su altura y su colorido sobre todos los demás árboles ribereños. Nos volvimos a abrazar, como aquella tarde de otoño; cerramos los ojos y recordamos lo que nos había cambiado aquél día. Nuestra vida seguía siendo la misma, pero ya no éramos los mismos, no queríamos ser los mismos.

Habíamos aprendido lo importante que es abrir el corazón a un hermano, saber que no necesitas una fortaleza para tener los sentimientos prisioneros, porque la fortaleza reside en la confianza del otro. Ese lazo que anudamos aquella tarde, era mucho más fuerte que los muros que habíamos construído, y nuestros corazones eran libres, éramos capaces de soñar y de amar de otra manera a las personas y las cosas que hacíamos.

Desde aquella húmeda tarde, Ramón dejó de ser el hombre que no hablaba bastante; y yo dejé de ser el hombre que no escribía bastante.

Advertisement