Memoria al viejo Hospital Rio Hortega.

En uno de mis múltiples paseos obligados por delante de su sombra, alargada cual ciprés delibiano, me vino a la cabeza este poema que estudiaba cuando iba al colegio. Que ni pintado.
Y recordaba todos los momentos pasados allí. Incluso me decía a mí mismo, “rondillero, y sin yo enterarme”. Muy malos momentos, malos momentos, rabia, tristeza, soledad, sustos, melancolía, hastío, la nada, cotidianeidad, esperanza, compañía, humor, alegría, buenos momentos y muy buenos momentos. Recordaba todos los momentos que había vivido allí, o por lo menos los que más se me habían quedado. Fueran positivos o negativos, no me cabía la duda de que fueron demasiados.
La cantidad de escaleras que había que utilizar para ir a cualquier parte; el truco de levantar la ventana un poco para que se pudieran abrir del todo las dos hojas de la misma; el numero total de baldosas que había en todos los pasillos (al derecho y del revés, con el pie derecho y con el izquierdo); el olor a “tabacazo” de los baños públicos; el bajar a la 2ª a por un café o subir a la 4ª a por agua; la escasa sensibilidad de las enfermeras al cerrar por la noche la sala de las taquillas; el “por favor, el suero se ha acabado”; el tomar prestada la manivela del vecino para subir o bajar la cabeza de la camilla… Forman ya parte de mi memoria, no sé si huirán de ella alguna vez o permanecerán, quién sabe.
A un olmo seco
Al olmo viejo, hendido por el rayo
y en su mitad podrido,
con las lluvias de abril y el sol de mayo
algunas hojas verdes le han salido.
¡El olmo centenario en la colina
que lame el Duero! Un musgo amarillento
le mancha la corteza blanquecina
al tronco carcomido y polvoriento.
No será, cual los álamos cantores
que guardan el camino y la ribera,
habitado de pardos ruiseñores.
Ejército de hormigas en hilera
va trepando por él, y en sus entrañas
urden sus telas grises las arañas.
Antes que te derribe, olmo del Duero,
con su hacha el leñador, y el carpintero
te convierta en melena de campana,
lanza de carro o yugo de carreta;
antes que rojo en el hogar, mañana,
ardas en alguna mísera caseta,
al borde de un camino;
antes que te descuaje un torbellino
y tronche el soplo de las sierras blancas;
antes que el río hasta la mar te empuje
por valles y barrancas,
olmo, quiero anotar en mi cartera
la gracia de tu rama verdecida.
Mi corazón espera
también, hacia la luz y hacia la vida,
otro milagro de la primavera.
(ANTONIO MACHADO)
Sí. Viejo, solitario, yermo, vacío, centenario, polvoriento. ¿Pero cuánto ha dado de sí? ¿Cuántas hojas verdes? ¿Cuántas melenas de campana? ¿Cuántos yugos de carreta? ¿Cuántos rehabilitados y sanados?
Quizás piensas que soy muy optimista. Quizás opinas que no todo es así, que también hay hormigas, derribos y carcomas; torbellinos, telas de araña y valles y barrancas. Y tienes razón. Lo sé.
Pero, quizás sea que mi corazón espera otro milagro de la primavera.



2 comments
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10 Junio 2009, Miércoles a 10:12 am
Juan
Pues un precioso post, una vez más. Los mismos sentimientos encontrados ante la mole inmensa de “la Residencia”. Delante de ella viví 11 años, la veía cada vez que me asomaba a la ventana… Cada vez que iba al colegio… Los mismos recuerdos dentro, despedidas… Sus jardines lindaban con el patio de mi colegio…
Pasa el tiempo…
10 Junio 2009, Miércoles a 11:44 am
raulonso
No sé si se puede llegar a coger cariño a un Hospital, yo creo que no. Pero sin embargo, creo que sí se le pueden coger cariño a la multitud de sentimientos que nos evocan ese Hospital.
Casi todo recuerdos, sensaciones, rutinas, manías, miedos.
Pero creo que estarás de acuerdo conmigo, que los hospitales tienen una gran capacidad para apelar a nuestro lado más humano. Son los lugares donde nuestra humanidad se muestra como es, para bien o para mal. Y quizás por ello, son lugares privilegiados para encontrarnos con lo que somos, con la persona “creada” que tenemos dentro, con menos envoltorios, con menos apariencias. Sin perfumes.
Saludos.