No voy a hablar de canciones del cine, sino de piedras.
Siempre que voy al río que pasa por mi pueblo, voy a lo que llaman la playa. En realidad no es una playa, sino un inmenso pedregal en el que andar descalzo es casi imposible. Un paraje inundado de piedras blancas que quién sabe quien ha puesto allí. Bueno, yo sí sé quien las puso.
Piedras grandes y pequeñas, con formas muy diferentes. Pero todas tienen algo en común. No tienen aristas. Son fáciles de coger, no cortan, no arañan, son suaves, pero duras. Las utilizo siempre para arrojarlas contra la presión superficial del agua para hacer ranas. Las gordas las lanzo hacia el cielo para que al caer contra el río hagan un gran estruendo.
Decía que me llamaban la atención porque las piedras son muy duras. El hombre siempre ha utilizado la piedra para construir, signo de que confía en su dureza y robustez. Y sin embargo, el agua; un elemento maleable, líquido, signo de vida, silencioso, consigue fragmentar, dividir, erosionar, formar y malear la piedra. Toda una lección de vida. Lo débil, es capaz de marcar y dar forma a lo fuerte.
¿Qué historia tendrá cada una de las piedras? ¿Cómo han llegado miles de piedras a estar inertes en una “playa”?
¿Cómo se sentirá una piedra después de su proceso de “redondización”?
¿Son los pedregales los “centros geriátricos” de las piedras?
¿Qué sabor tendrá el agua después de erosionar las piedras?
¿Crees que con cantos rodados se podría hacer un castillo?
Pues, al parecer sí. Un loco, un soñador, o un idealista lo ha conseguido. Está en Las Merindades, en Burgos.
Es curioso: la piedra, un material fuerte (como he dicho antes), se hace débil y se deja pulir, para formar parte de una fortaleza. ¡Paradojas de la vida!



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