Las arterias de la vida

Ayer estuve en el Metro. Ese medio de comunicación que cuando va bien no pasa nada y cuando no va todo el mundo se acuerda de él (o de su familia); quizás es por que estamos acostumbrados a que vaya bien; yo diría perfecto.
Más allá del mero hecho de trasladarse, de un lugar a otro, de una estación a otra, está el hecho de estar (valga la redundancia). Estar allí, convivir.
Cuando voy, me gusta observar las actitudes de la gente que por necesidad o turismo estamos allí, en ese inframundo, lejos de la luz solar tan vital y optimista. Allí hay de todo y cuando digo todo es todo: me refiero a edades, sexo, condición social, vestimenta, incluso lo que se puede deducir en cuanto a religión. Y he de decir que lo que percibo es tolerancia. Si es cierto, que una tolerancia mínima; me explico, tolero lo que hagan los demás mientras no me perjudique en gran medida a mí.
Dejándonos de apariencias y observaciones, creo que el metro es ese gran foro romano o ágora griego, o así me lo imagino. Un espacio pluricultiral, libre, un espacio de convivencia mutua y donde se fraguan conversaciones. Un lugar donde poca gente se conoce y eso permite más mostrarse cada uno como es o como quiere que a uno le vean. Un escaparate donde ver y ser visto.
Sus largos, fríos y asépticos túneles seguirían siéndolo así si no estuvieran inundados por ese flujo humano, ese torrente de vida compuesto por pequeñas células individuales que vienen de algún sitio y van a Dios sabe dónde.

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