Curioso sonido es el tañer de las campanas.
He de decir que me encanta oir el tintineo de tan nobles piezas que habitan los campanarios, torres y espadañas de iglesias y monasterios de nuestros pueblos y ciudades.
Creo que somos unos verdaderos afortunados por poder seguir oyendo estos mensajes llamada. Y creo que todavía podemos imaginar la herencia que recibimos. Lo mejor será cerrar los ojos, imaginarse un pueblo castellano, de esos de nueve meses de invierno y tres de infierno, de esos de labores agrícolas eternas y cíclicas; imaginarse al labriego en la inmensidad de su tierra, en la llanura, viendo su poblacho a lo lejos, o mejor dicho, la torre de la iglesia. Y a lo lejos oye el tañer mágico y sabe que alguien ha muerto, si es hombre, mujer o niño; o en los días nublados escucha el “Tente nube” para ahuyentar los “nublaos”…
También es sugestiva la imagen de ese monasterio en el valle, en silencio, con el rumor de las vecinas aguas fluviales, con el susurrar de la arboleda, con el cacarear de las gallinas o el mugir de las vacas… O en el espesor de la noche, bajo el cielo sembrado de estrellas… Ese tañer ronco que indica a la comunidad religiosa que es hora de dedicarle un rato a Dios.
En la sociedad en la que vivimos, hemos sustituído esa necesidad de estar informados por otros canales como la radio, la televisión, internet, el móvil, los SMS, etc. Pero ellas aún continúan ejerciendo su tarea. Sonora y callada, quizás porque no queramos oirlas, porque su sonido está en nuestro interior y casi ni lo percibimos.
Seguramente hoy podamos vivir sin ellas, antes no era así; sin embargo, son un elemento evocador del pasado, de la alegría de las grandes celebraciones, del peligro, del luto, del deber civil y religioso.
Quizás sean utilizadas por algunos como propaganda, como banda sonora para intentar que el pueblo llano no se olvide de la iglesia y de la Iglesia, sabiendo que quienes acudimos a ella no necesitamos de tan preciado bronce para recordarlo. Y quienes no acuden a ella, tampoco necesitan su tañido para recordar un rito en el que quizás no creen.
De todas formas, que no se extinga nunca el cantar de nuestras campanas.



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